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Emociones femeninas: patrimonio de la humanidad

COLUMNAS

Por Dra. Flor de María Gamboa Solís

Paciencia, empatía, ternura, compasión, hospitalidad y generosidad son algunas emociones que están ligadas tradicionalmente a las mujeres y que liga a las mujeres entre sí, con los demás y con el mundo. No porque las mujeres hayan llegado primero a la fila de la repartición de estas emociones o porque en su mapa genético anide un componente químico exclusivo que las pone a disposición de la piel que reviste al cuerpo femenino, sino porque son emociones sembradas en el lecho de la maternidad.

El primer amor que todo ser humano conoce es el de su madre. A través de los cuidados que una madre dedica a sus criaturas se transmiten las primeras marcas de ternura, se graban las primeras voces hospitalarias y generosas, así como se aran los surcos para sembrar semillas de empatía y de paciencia. La compasión emerge un poco después cuando una criatura se percata de que a pesar de sus estallidos de llanto o de sus demandas insaciables de atención, habrán a su disposición unos brazos firmes y resueltos que se abrirán para sostenerlo. Esa apertura está cargada de una profunda compasión ante el desvalimiento originario con el que somos arrojados al mundo tras nuestro nacimiento, y las más de las veces, es gestada por una madre.

El valor social de estas emociones femeninas es incalculable porque son indispensables para formar amistades, parejas, para sobrellevar nuestra vida en los grupos a los que pertenecemos y para convertirnos en personas decentes y consideradas con los semejantes. Aunque lamentablemente, ese valor social no se lo reconoce.

En una sociedad como la que vivimos, en donde lo que se valora son los resultados, pero no los procesos; los objetos, pero no las personas; los productos, pero no el tiempo; la competitividad, pero no las aptitudes, las emociones que no se traducen en fuentes de poder soberano (generalmente asociadas a lo masculino), en recursos para manipular, chantajear, oprimir y controlar a los y las más desprotegidas/os y vulnerables, no sirven para nada.

De nada sirve ser una persona tierna y hospitalaria si lo que se quiere es vencer y dominar al otro, ganarle la partida en cuanto a un puesto de trabajo o a una buena calificación en un examen.

Tampoco sirve ser compasiva y paciente si lo que se persigue es hacer las cosas lo más rápido posible, sin importar su calidad, y si lo que se desea es no saber nada del sufrimiento ajeno. Las emociones femeninas no son patrimonio de las mujeres, sino de la humanidad, por lo tanto, es fundamental que los hombres se dejen habitar por ellas y que se fomenten en todos los espacios sociales, empezando por la familia.