En México también hubiera ganado Trump

COLUMNAS

*Por Dra. Lucero Ibarra Rojas

Despertar en un mundo donde Donald Trump es electo como presidente es un golpe duro, incluso para quien despierta desde hace un tiempo en un mundo donde Enrique Peña Nieto de hecho es presidente.

Pero el punto, me parece, es precisamente despertar. Hay que enfrentar que últimamente el fascismo está de moda y esto debe preocuparnos. Donald Trump viene a ser la cereza en el pastel de varios procesos en los que buena parte de las poblaciones votan en concordancia con discursos de odio. Así fue un Brexit marcado por la xenofobia y por la misma mezquindad que ha alejado a Colombia de firmar la paz.

Pero la sorpresa debería ser menor si consideramos la manera en la que se ha desmantelado la idea de ciudadano. Ciudadano es el que vota, le dicen muchos a una. En México un buen ciudadano es trabajador, no critica, no toma las calles. Un buen ciudadano se limita a elegir a su líder o verdugo y soportar paciente y comprensivamente hasta que el tiempo le traiga una nueva oportunidad de actuar.

Aceptar este modelo de ciudadano es en gran medida lo que nos tiene donde estamos. Porque ese ciudadano que no participa tampoco entiende la responsabilidad de sus acciones como una responsabilidad política para con la ciudadanía en general; porque parece que pasa años reservando odio hasta que sea tiempo de votar por el discurso seductor que ataca a los demás y le da voz –por fin– al resentimiento que fue formando en privado mientras se dedicaba a ser un buen ciudadano.

Si Trump hubiera sido candidato en México, hubiera ganado precisamente porque ese discurso también convence en nuestro país, o quizá porque ni siquiera requiere convencer… mucha gente ya piensa en el mismo tenor que las personas que votaron por Trump. Porque en realidad es fácil ver lo malo de una postura cuando uno se encuentra en el lado negativo de la misma, pero reivindicarla cuando son nuestros privilegios los que están siendo protegidos.

Las personas que defienden el acceso a la educación solo para quienes son locales o que se quejan de las “invasiones” de los extranjeros, hubieran votado por Trump. Por el candidato que prometía proteger sus trabajos frente a los sucios y violentos migrantes. Y es que nuestra defensa de los mexicanos migrantes en Estados Unidos frecuentemente no alcanza para aceptar a los centroamericanos que cruzan nuestro país o a los chinos que inician proyectos comerciales; a veces no alcanza ni para aceptar a quienes vienen de estados vecinos. Porque esos migrantes han sido chivo expiatorio de muchos gobiernos y porque aún tenemos problemas para ver en el otro a una persona.

Las mismas personas que defienden los piropos como forma cultural y están cómodas diciendo que las mujeres se tienen que “ganar” el respeto comportándose de conforme a su idea de decencia, hubieran votado por Trump. No sería la primera vez que en este país se vota por un machin abanderando que las mujeres pertenecen a la casa. El candidato que invariablemente se refiere a las mujeres como objetos a su disposición y cuyo éxito se representa en su poder precisamente para tener (así: como cosas) a mujeres hermosas, también hubiera sido atractivo en un México donde las calles están plagadas de acoso y los días de feminicidios.

¿Un muro para detener a los migrantes del sur? ¿Un argumento por la superioridad de una raza frente a la ignorancia de los otros (negros o indígenas)? ¿El argumento de que la sabiduría para dirigir al país viene de los ricos? ¿Defensa de la “familia natural”? ¿Desprecio a las mujeres por faltas a los estereotipos de belleza? ¿Oposición al derecho al aborto? Trump representa estas cosas y por eso ganaría en el México que votó a Peña Nieto, a Calderón, a Fox. Pero si estás de acuerdo con Trump, quizá este es el momento de pensar dos veces lo que asumes como cierto.

El error es pensar que allá o acá la gente es simplemente estúpida. La gente con la que no estamos de acuerdo no es por eso estúpida, y detrás de sus ideas hay verdaderas convicciones y razonamientos lógicos y sentidos que les dan forma.

Hemos escondido nuestros bajos instintos como sociedad tras las sombras de la corrección política y se están rebelando para retomar la hegemonía de la que gozaban. ¿Censuramos el racismo, el clasismo y la misoginia? Lo cierto es que cada vez funciona menos la camisa de fuerza de la corrección política porque no estamos cambiando lo suficiente como sociedad. Porque el estatus quo también tiene vocación de resistencia.

La democracia no tiene vida posible y no es democracia cuando no estamos discutiendo y cuando nuestra expresión política se encuentra limitada al momento de un voto que es guiado por los bajos instintos que vamos cultivando en lo individual frente a los ataques que nos demandan ser mejores como sociedad. La democracia no es democracia cuando no hay participación constante que permita que generemos transformaciones sociales y responsabilidades frente a nuestro individualismo y nuestros prejuicios. La democracia no es democracia cuando las calles no son lugares para hacer política y los espacios para hablar los ocupa solamente una voz.

Necesitamos cambiar. Necesitamos dejar de pensar que los demás son una masa incorregible e ignorante, y desechable en las decisiones de la dirección de la humanidad; no lo son. Necesitamos dejar de pensar que los otros son seres inamovibles en sus opiniones, irreflexivos e incapaces; no lo son y no lo somos. Si yo no tengo las mismas opiniones que tenía hace diez años y quiero pensar que me he ido despojando de prejuicios, no es porque sea una persona especial y dotada, sino porque soy como tantas otras personas aquí que está buscando la manera de estar mejor en el mundo.

Como humanidad nos toca reflexionar más a fondo por qué estamos tomando estas decisiones, por qué se nos puede llevar tan fácil al lugar del odio.

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*Lucero Ibarra Rojas es Profesora-Investigadora Titular del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

Licenciada en Derecho por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Maestra en Sociología Jurídica por el Instituto Internacional de Sociología Jurídica de Oñati (IISJ) y doctora en en Derecho y Sociedad por el Programa de Doctorado Internacional en Derecho y Sociedad “Renato Treves”, organizado por la Universidad de Milán.

Es integrante fundadora de Emancipaciones. Colectivo de Estudios Críticos del Derecho y las Humanidades, Aquelarre Contradecencia Asociación de Estudios de Género y Transformación Social y la Red de Sociología Jurídica en América Latina y el Caribe.