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Peregrinar

COLUMNAS

*Por Dr. Rodrigo Pardo Fernández


Cuando nos aproximamos a un personaje en un ejercicio que es a su vez homenaje y reflexión, testimonio de un viaje y una reflexión poética, creo que hace falta que nos detengamos un momento.
El motivo es María Zambrano, quien reúne ciertas características que la han vuelto indispensable en la mirada hacia nuestra historia filosófica, política y cultural. Recordemos además su paso por las aulas nicolaitas, en Morelia, en los años 30.
Fue mujer pensante en una época poco dada a ello y desarrolló una filosofía que se aproxima, con lucidez y complejidad, a la poesía por su uso del lenguaje en uno de sus sentidos más difíciles, la autor referencia: la poesía sólo habla de sí misma.
Arriesgarse con María Zambrano, como ya señaló Javier Dosil en La soledad enamorada. María Zambrano y los poetas del exilio, volumen galardonado y editado en 2010 por la Secretaría de Cultura michoacana, es una aventura que no puede desligarse del quehacer poético de su tiempo (que “se ha vuelto y revuelto sobre sí mismo”), de su lengua (“canto a la vida”), de su patria, “el mar que recoge el río de la muchedumbre”, parafraseando a la propia Zambrano.
A la par que otras intelectuales españolas de la república: Rosa Chacel, Clara Campoamor o María Teresa León, Zambrano tuvo que luchar contra una misoginia que censuraba no sólo su pensar, que estaba más allá de los alcances de la mayor parte de los hombres de su tiempo, sino hasta su vestir, su actuar, su libre albedrío para fumar, por poner un ejemplo.
Aún hoy, en el contexto de la pretendida igualdad de género (políticamente correcta) la mujer intelectual tiene un lugar marginal, que se evidencia en la proporción, de doctoras en el área de humanidades de las universidades públicas de nuestro país que tienen tiempo completo: son menos de la mitad que los hombres, a pesar de que un mayor número cursan y terminan no sólo estudios de licenciatura, sino también de posgrado.
Zambrano es un ejemplo a seguir en este sentido, que podríamos llamar reivindicativo, pero también representa el doble reto, el de la mujer y el de la intelectual, que recupera la palabra, la asume como propia (una palabra de origen y uso y trasfondo masculino) para transformarla en universo cargado de significado, en multiplicidad de sentidos que trastocan y enriquecen e iluminan (o lo intentan al menos) el mundo. De lo que se trata es de poner en evidencia que la cultura no es sólo exclusivamente los hombres (parafraseo al autor) sino también de las mujeres.
Hay que reconocer que Zambrano nos aproxima con su vida y su obra (un tejido que no nos interesa deshacer) a una reflexión filosófica que equipara la razón desnuda con la razón pictórica, creyendo al fin, quizá con cierto idealismo ilustrado no libre de esperanza, en la trascendencia de los seres humanos, en la vuelta de página definitiva de la historia.
Lo queda, al cabo, es la experiencia. Mejor o peor, inteligente o descuidado, este punto de partida es el que hará posible el presente y el mañana, tras la caída del imperio romano o tras la muerte de la filósofa.

 

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*Rodrigo Pardo Fernández es profesor-investigador de la Facultad de Letras de la UMSNH desde 2009.
Doctor en Teoría de la literatura y del arte y literatura comparada por la Universidad de Granada (España).
Coordina el Doctorado Interinstitucional en Arte y Cultura, y dirige la Gaceta Nicolaita.
Su proyecto de investigación actual se centra en la ficción narrativa de América Latina y España en el siglo XXI desde la perspectiva de la literatura comparada. Ha desarrollado además investigaciones en torno a la crítica desde la escritura creativa, la literatura fronteriza entre México y Estados Unidos y la literatura fantástica.